viernes, 28 de agosto de 2015

Día 6 - Brujas


Brujas, Brujas, Brujas... ¿Qué decir que no se haya dicho ya? Poco puedo decir que no sepáis ya, pero con algo tengo que rellenar este hueco, que si no queda feo. A Brujas realmente llegamos por la noche del día de Gante (léase post anterior si alguno no se lo ha leído, que sois muy comodones). Solatamos todos los cachivaches que tenemos que sacar todos los días, que se me da mejor un tetris que al inventor del mismo, no veas la que liamos... Decidimos dar un paseo por la noche por Brujas pues seguramente al día siguiente no tendríamos muchas ganas de danzar por ahí (¿por qué se dice danzar por ahí? ¿Acaso la gente normal va bailando por la calle?). Allí que comenzamos a andar, pues teníamos entendido que el hotel estaba a sólo 20 minutos del centro (ya veis la nueva percepción del espacio/tiempo, en Málaga 20 minutos andando supone un claro: ¿qué dice? ¡Yo voy en coche!), pero no hicieron falta los 20 minutos completos para empezar a ver cosas bonitas. Todas las esquinas parecían dignas de foto y tal fue así que las hicimos todas.

La verdad es que es una ciudad que parece sacada de un cuento. Los edificios todos con una misma estructura y estilo para que nada desentone. Los canales que la cruzan le dan un encanto a la ciudad que, desde luego, no se puede dejar de admirar. Está todo muy cuidado y, a medida que avanzábamos, nos iba gustando más y más. Tiene carismaza Brujas, la verdad.

Decidimos ir a cenar por el centro esa noche sabiendo que la siguiente no íbamos a ir (teniendo en cuenta que nos tendríamos que levantar a las 4 de la madrugada, a las 9 ya en el hotel para intentar dormir). Vimos que es muy típico en la zona los moules frites, así que allá que fuimos. Estaban buenos, pero ojo... no dejaban de ser mejillones al vapor (con nata que los pedimos, para que tuviera algo distinto) con patatas fritas, que a mí, personalmente, no me pegan las dos cosas juntas pero oye, como ya he dicho alguna vez: allá donde fueres haz lo que vieres. Cuando nos comimos nuestro kilo de mejillones (calculo que habría más o menos eso, porque no se acababan nunca), nos fuimos paseando al hotel.


Sabíamos que las luces, los reflejos en el agua, el ambiente... todo eso había ayudado a que nos gustara tanto Brujas, que iba a ser muy complicado que al día siguiente nos gustara más de lo que ya lo hacía. Cierto que no nos gustó más, nos gustó de otra forma, porque pudimos hacer cosas que el día de antes no pudimos hacer. Por lo pronto y, al contrario que todos los días anteriores, nos apiadamos de los enanos y decidimos darles la mañana libre, así que después de sacarlos a la calle por la mañana los dejamos en la habitación del hotel y nos fuimos a dar otra vuelta por el Brujas diurno.

Pudimos así hacer un recorrido en barquita por los canales, en el que Rocío aprovechó que tenía mi móvil y el palo selfie para hacer 18000 fotos. Media hora de barco muy bien aprovechadas, en el que pudimos observar la mayoría de los edificios. También decidimos subir a la torre (Belfort) a ver sus
47 campanas distintas y las vistas desde esa altura, no recuerdo los metros, pero suficientes (me dicen por el pinganillo que 83 metros). Estuvimos más de 1 hora en la cola para entrar y, como todo buen hijo de vecino tuvimos que pagar por subir más de 300 escalones, a cada planta que subíamos con escalones más pequeños y estrechos que el tramo anterior. No podrían haberle puesto su ascensorito, madre mía qué pechá de subir. Pero bueno, al final esas cosas no están tan mal, porque tienes unas vistas geniales y, si ocurre que estás a una hora cercana a las "en punto" o las "y media" tienes la suerte, como nos pasó a nosotras, que las campanas empiezan a sonar la música que toque en ese momento. En honor a la verdad, y para seguir con mi racha de quitarle el encanto a las cosas, lo cierto es que las campanas suenan mejor desde la distancia, porque cuando las escuchamos desde una de las calles sonaba la melodía del himno de la alegría, mientras que cuando la escuchamos allí en la cercanía que dar estar en el campanario, lo único que se escucha es como el badajo le da un carajazo al borde de la campana. Pero bueno, es una experiencia más.

Comimos en el Quick de la plaza principal de la ciudad mientras nos caía un chaparrón y luego fuimos al hotel a por los perritos, a los que agradecimos su paciencia con un paseo de casi 3 horas por los parques. Fue en ese momento cuando aprovechamos para ir al Lago de los enamorados, donde corrieron por el césped como si no hubiera un mañana, por el monasterio de "inserte aquí un nombre raro" y por otras calles de la ciudad que nos habíamos dejado precisamente porque sabíamos que volveríamos. Nos habíamos dejado un poco de hambre para poder merendar un gofre, típicos en la zona, que estando muy rico, no dejaba de ser un gofre con Nutella. Pero que síííí... muy rico.


Sí, hicimos bien en coger 2 noches de hotel en Brujas, porque disfrutamos mucho del día en Gante y de las visitas, nocturna y diurna por Brujas, una ciudad que no se puede dejar de ver. Altamente recomendable todo. Espero que os hayan dado ganas de ir si aún no habéis estado.

Un beso a todos, devuelvo la conexión.

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